11 abr. 2015

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A pesar de los obvios riesgos que corren, al igual que la doctora vos crees que lo mejor sería esperar unos minutos antes de llamar por ayuda. Puede que vos no los veas o escuches, pero aún así podría haber Kózkoros merodeando en los alrededores, quizá atentos a cualquier señal que revele su ubicación, y podrían pedir ayuda luego. Nadie está esperando su llamado, después de todo, y toda la Alianza Galáctica está, seguro, en esos momentos; a punto de llegar. Tal como dijo la doctora Gerbert, solo tienen que resistir un poco más, y principalmente, guardar silencio.

Tranquilos, los tres aguardan charlando entre ustedes con murmullos casi inaudibles, y atentos a lo que pudiera pasar afuera. Se aglomeran cerca de la puerta, para estar seguros de poder detectar rápidamente si estaban hablando demasiado alto o si tendrían que callarse completamente en caso de que los Kózkoros pasaran por allí de momento a otro, pero si bien les pareció en varias oportunidades que algo se hubiera movido allí afuera, el tiempo pasa sin nada que reportar. Cuando menos se dan cuenta, han pasado treinta minutos de charlas amistosas en silencio, juegos infantiles para pasar el rato y una tranquilidad tan sospechosa como anhelada. “Quizás por fin todo haya terminado”, te animás a pensar. Recién entonces deciden hacer uso del teléfono y contactar a la sala de comandos de la nave. Es la doctora quien habla, y si bien su voz suena temerosa y preocupada al dirigirse a su interlocutor, pronto la sonrisa que se le dibuja en la cara también se les dibuja a ustedes. Tras hablar un momento con quien sea que estuviera del otro lado y cortar, la doctora les informa que según le dijeron, toda la nave se encuentra libre de Kózkoros y ya es seguro salir. Ustedes quedan encantados de escuchar esas palabras y se ponen a quitar todo lo que habían puesto para trabar la entrada, dispuestos a irse de allí cuánto antes. Se ríen y bromean sobre haber juntado todos los cuchillos en vano, ya que pensándolo bien no les iban a servir de mucho; y tras dejarlos todos sobre una mesada, abren finalmente la puerta y salen de la cocina.

Pero sus sonrisas se borran al instante. No hay nadie amigable del otro lado. Ninguna ayuda, ninguna salvación; sino todo lo contrario. Una horda de Kózkoros los está esperando en el pasillo, apuntando sus pistolas hacia ustedes. Uno de ellos tiene una especie de aparato traductor universal en su pecho, y la doctora Gerbert se asusta terriblemente al darse cuenta que quien les habla entonces es la misma voz que oyó en el teléfono. Les tendieron una trampa.

—No intenten nada o los vamos a destruir en un klorgk—ordena, y ustedes, con las manos en alto, se dejan capturar por las horribles bestias. Son conducidos por ellos a los apuros hacia un sector de la nave que vos nunca viste. Es una especie de sala-recibidor que conecta la nave en la que están ustedes con otra mucho menos pulcra y segura. Los están llevando a su nave. Ni bien ponen un pie en ese lugar, ustedes tres son reducidos y sentís que perdés el conocimiento. Cuando despertás, no tenés idea de cuánto tiempo pasó, pero te encontrás atado de pies y manos a una mesa en una especie de sala de operaciones. No ves a tus amigos, y por más que gritás por ayuda, por clemencia y por tu vida, nada sucede. Una luz cegadora se enciende, ves que una especie de máquina de rayos controlada por un Kózkoro te apunta; y tras un conteo, comienzan la tortura.

FIN.

PORTADA

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CONTRAPORTADA

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