11 abr. 2015

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Sin decir más, cierta su puerta con llave, y los deja incrédulos. En la habitación encuentran tres camas, una bandeja con comida que tiene muy buen aspecto y parece recién dejada allí, y un cofre a los pies de una de las literas a la que se le dejó la llave puesta. Curiosos, la abren para ver su contenido y se llevan una decepción al descubrir que estaba vacío. Se les cruza por la cabeza que quizás eso estaba puesto allí para que guardaran sus aparatos, y como para ocuparse con algo, los ponen bajo llave. Ninguno quiere ponerse cómodo, porque por alguna razón esperan que alguien vuelva y les explique lo que estaba sucediendo. Al cabo de un rato de deambular por el cuarto, caen en la cuenta de que al menos por lo pronto, nadie les iba a ir a contar nada.

—Qué porquería—dice Facundo, pateando un armario que, según descubrieron luego, también estaba vacío; para luego tirarse boca abajo en una cama. Germán, abatido, se sienta en otra y se agarra la cabeza. A vos lo que único que se te ocurre hacer mejor que quedarte parado es sentarte a su lado y pasarle una mano por su hombro. Cuando te siente confortándolo, dice:

— ¿Es en serio esto o nos están tomando el pelo, Teo? ¿No voy a volver a ver mis papás nunca más, todo porque tuve la mala suerte de que ese meteorito de mierda cayera en mí casa y no en la de otro? ¿Por qué nos hacen esto, qué hicimos de malo nosotros? —. Por más que te gustaría responderle que todo estaría bien, no podés más que bajar la vista y negar con la cabeza.

No hace una hora que estaban allí, intentado abrir la única puerta o ocupados odiando toda la situación por la que estaban atravesando, cuando sienten el barco sacudirse violentamente y terminan los tres estrellándose contra uno de los muros, aunque afortunadamente no haciéndose mucho daño. Antes de que pudieran preguntarse qué había sucedido, otro impacto hace la nave mecerse para el otro extremo, arrastrándolos a ustedes y a los muebles hacia el lado opuesto. Segundos después, la embarcación se inclina de nuevo, esta vez hundiéndose en una posición que hace que algo caiga estrepitosamente por la puerta de la habitación, haciéndola añicos. Era un hombre, pero el impacto lo deja inconsciente y ustedes no son capaces de preguntarle nada. Por la abertura, comienza a entrar una importante cantidad de agua, y su instinto de supervivencia los mueve a querer escapar de esa sentencia de muerte lo antes posible. ¿Estaban bajo ataque? No había forma saberlo. Lo más importante ahora es salvarse. Correr por los pasillos de la nave mientras estos se atestan de agua hasta el cuello les resulta un trabajo arduo, más cuando ésta no deja de moverse. De pronto, divisan a la única persona conocida en toda la tripulación, el Capitán, y no pueden evitar interrogarle sobre qué sucedía. Él ignora sus preguntas, y les dice:

— ¡¿Y los artefactos?! —. Es entonces cuando ustedes caen en la cuenta de que no los tenían en mano y los habían dejado en la habitación. — ¡¿Qué mierda hicieron con ellos?! ¡¿No les dijeron que no los tocaran?! ¡Nos descubrieron!—los acusa, pero no pueden responderle, porque en ese momento otro estallido produce una inundación catastrófica, y poco tiempo tienen para hablar. La única opción ahora es nadar por la parte inundada y esperar encontrar alguna burbuja de aire o a alguien que los pueda socorrer. Por desgracia, con terror entienden que eso…ya no va a suceder.


FIN.

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CONTRAPORTADA

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