11 abr. 2015

PÁGINA 161


Ustedes se miran desconcertados, y tras cruzar unas pocas palabras, no les queda otra alternativa que elegir. Deciden ir hacia el refugio, esa supuesta casa franca cerca de una playa de la que les habla Luciano y que poco debía, en su opinión, semejarse a tal cosa.

—Van a ir al refugio. Los esperamos en cinco minutos afuera —informa él a su interlocutor. Ni bien le confirman la orden desde el otro lado del teléfono, él cuelga y les dice: — Bueno, chicos. Ahora va a ocurrir lo siguiente. Ya que eligieron ir hacia la casa franca que tenemos nosotros, nos vamos a ocupar de llevarlos hasta allí encubiertos. Allá los estarán esperando en la base subterránea de la cuál disponemos, y los mantendrán a salvo hasta nuevo aviso. Ustedes quédense tranquilos; mantendremos vigilados y protegidos también a sus padres, y nada les pasará mientras ustedes resguarden los Artefactos Foráneos de los federales y los militares. Prepárense, será un viaje de un par de horas—les advierte, para luego indicarles que deberían ir bajando. Luciano desconecta los dos Artefactos Foráneos del súper-aparato sobre la mesa y los deja a su cuidado, para luego guiarlos por la habitación y el pasillo hasta el ascensor. Él es desconfiado, y actúa como si pudiera salir un enemigo de cada rincón, pero en vez de parecerte risible, te preocupa aún más. Los cuatro guardan silencio mientras se dirigen hasta la planta baja, y solo allí les dice que caminen y no se detengan ni un segundo. La recepción se encuentra vacía, pero no podes quedarte a observar. A su paso, más escoltas se suman a su caminata, en especial cuando salen a la calle. Allí son veinte, según calculas, pero están encubiertos. Parecen gente común, gente que no tiene más que hacer que evitar que las demás personas los observen mientras ustedes se meten en la limusina que los espera. En parte, parece que se están tomando demasiadas molestias por ustedes; aunque luego entiendes que las molestias las están tomando únicamente por los aparatos. Ustedes son la consecuencia, no la causa.

El largo y bello coche negro acelera y sale de la ciudad. Nunca viste ninguno de esos lugares antes, pero es evidente que están por tomar una ruta. El viaje es tan tranquilo y ustedes están tan aislados en esa pequeña cabina separada por un vidrio opaco de la del conductor; que acunado por el suave oscilar del automóvil en movimiento, te quedas dormido. Cuando abrís de nuevo tus ojos, es porque el conductor está intentando evitar un choque contra algo. El sol ya casi se había puesto, y estaba bastante oscuro afuera, por lo que todo eso no te da buena espina. Entre tantas sacudidas, gritos y el sonido de las llantas gastarse al frenar tan bruscamente, tus amigos despiertan justo cuando el coche se detiene al estrellar contra algo. El accidente no produce demasiadas consecuencias, pero sí lo que le sigue. Las puertas de todos se abren, y personas poco cuidadosas los arrastran fuera de allí velozmente. No son amigos, y eso no fue un accidente. La única luz aparte de la luna es la un foco fuera de un cobertizo, hacia donde los enfilan a ustedes tres, al conductor y a su copiloto. En el apuro no distinguís mucho, salvo sombras de rifles, silenciadores, uniformes y pasamontañas. Nada de eso puede terminar bien. Les quitan los aparatos, los inmovilizan y hacen arrodillar; y les apoyan armas en la cabeza. Escuchas, temblando de pies a cabeza, cómo caen muertos primero los adultos, y solo te quedas esperando el... 


FIN.   

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