16 mar. 2014

PÁGINA 09


Te acercas a la puerta, procurando hasta no respirar demasiado alto para poder escuchar algo, y en eso un comunicador te sobresalta y reproduce la voz del Capitán desde el otro lado de la compuerta. “Mateo, ya es seguro salir, ven con nosotros” dice. ¿Te pareció o por un momento su voz sonó rara? No le das mucha importancia. Más importante fue el mensaje. Sin dejar que pase más tiempo, abrís la compuerta sonriente, contento de que todo haya terminado y esperando ansioso reencontrarte con Germán para solucionar su situación y que no quedaran peleados…pero allí afuera no hay nada que te haga mantener esa sonrisa. Si hace algo, es borrártela del todo y reemplazarla por una mueca de horror y un grito ahogado. Veinte o treinta Kózkoros están allí afuera, imponentes y asquerosos, y sus reptiles y escamosas manos sostienen armas apuntando a las cabezas del Capitán, Germán, la enfermera y varios otros tripulantes de la nave.

—Lo siento, Teo, ellos nos obligaron. No tienes idea de cómo nos torturaron, yo…—empezó el Capitán, pero la presión de la pistola sobre su cien aumentó, haciéndolo callar. ¿Torturas? ¿Qué cosa tan mala les podrían haber hecho para que lo entregaran, o peor, para hacer que el Capitán hablara con ese tono de súplica, miedo y dolor? No hay más tiempo para pensar, porque un aparato que simula ser un collar colgando del cuello de uno de los Kózkoros comienza a traducir los guturales sonidos de los alienígenas y órdenes en un perfecto pero terrible e igual de sombrío español comienzan a llegar a tus oídos.


Entrégate, terrícola, o pagarás las consecuencias. No tiene sentido correr. No hay dónde ir—dice la voz, y vos te quedas paralizado. Ellos aprovechan la oportunidad para ponerte sus viscosas manos encima, inmovilizar tus manos detrás de tu espalda y detenerte un arma sobre tu cabeza, obligándote a comenzar a caminar junto a ellos. Por más que el miedo no te hubiera hecho quedarte quieto, ¿realmente hubieras hecho otra cosa? Lo dudas. Admitirlo es terrible, de pesadillas, pero tienen razón: no tiene sentido correr, no hay dónde ir. Tratas de compartir una mirada con tu amigo o con alguien, pero en seguida te arrepentís de haber mirado con detenimiento el rostro de los demás prisioneros. Tienen aspecto de haber sufrido algo horrible, pero no tienen marcas de heridas o tortura física. ¿Qué tenebrosa manera tendrían esas criaturas de torturar? ¿Con qué armas corromperían la voluntad de hombres mayores y experimentados como el Capitán y sus soldados? Creías que ellos eran los fuertes y que los Kózkoros no eran muy inteligentes, pero resultó ser al revés. Mientras sacas todas esas conjeturas, los alienígenas los conducen por una nave en ruinas, totalmente destrozada, hasta que llegan a una compuerta con un puente hacia otra nave. Por aquí es por dónde habrán entrado a la nave —pensás—, pero es tarde para planear cómo podrían haber evitado que los hostiles huéspedes indeseados ingresaran. Sin detenerse, los guían hasta su nave —una horrible fortaleza maloliente y diabólica—, y tras pasar por un pasillo en penumbras, un elevador diminuto y chirriante, y una cámara de tortura que provoca gritos de terror en tus compañeros, se detienen en lo que parece un calabozo. Los encarcelan en prisiones individuales que permiten poco movimiento, y apagan las luces tras ellos, carcajeando como cocodrilos hambrientos. La nave se marcha lejos de allí y ya no se detiene…

FIN.

PORTADA

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