23 feb. 2014

PÁGINA 08


Cómo pensás que quizás por hoy han tenido demasiado, decidís plantearle a Germán tus dudas sobre tener que continuar sus aventuras con el Artefacto Foráneo más tarde. No te cuesta convencerlo de que una larga siesta no estaría nada mal, y por el momento, deciden que como el meteorito seguía en la casa, para compartir las evidencias deberías ser vos quien se lleve el aparato. Cada uno se va por su lado, habiéndose despedido con un “hasta luego, amigo”, y acuerdan encontrarse al día siguiente por la mañana para decidir qué hacer a continuación. Vos, cansado de todo, te alegras de que no hubiera nadie a la vista en tu casa que pudiera ver el aparato y subís a tu habitación para ocultarlo lo mejor que podes envuelto en una frazada de invierno y puesto debajo de tu cama. Acomodas el ventilador de pie para que te de directo a vos, y te tiras vestido a la cama, aunque usas tu último esfuerzo para sacarte las zapatillas. “Por fin tranquilidad”, pensás, y aunque repasas los últimos acontecimientos en tu cabeza mirando el techo de tu cuarto, no tardas en caerte dormido como un bebé.

Cuando despertás, según tu reloj despertador en tu mesita de luz, son las once de la noche. Habiendo estando tanto tiempo con el ventilador de cerca y las ventanas abiertas, casi tenés frío, pero una vez que te enderezas en la cama te sentís mejor. Te estiras y desperezas, y crees haber descansado lo suficiente, pero no tenés ganas de decidir qué hacer a continuación hasta haberte comido todo que haya en la heladera, por lo que vas a la cocina. Escuchas a tu mamá afuera y pensás que, al igual que con los padres de Germán, no debe tener idea de todo aquello por lo que has pasado el día de hoy. Está cómodamente sentada afuera, disfrutando del aire fresco de las noches veraniegas, ignorando que estuviste a punto de morir y corriendo para salvarte de militares que te querían muerto. Pensás en todos los regaños y sermones que te daría si supiera tan solo parte de la alocada aventura que vivieron vos y tu amigo y sonreís, porque sabes que lo haría solo por lo muy preocupada que se pondría por vos. Con ese alegre pensamiento abrís la heladera y encontrás materiales para hacerte un gran sándwich, y no perdés tiempo alguno. Quince minutos después estás en tu habitación, cómodamente recostado en tu cama comiendo y mirando televisión, cuando alguien golpea la puerta de tu cuarto dos veces y anuncia:

—Hijo, hay un chico, Facundo, que quiere verte. ¿Estás despierto? —Pregunta tu madre, y vos comenzás a pensar. Facundo… ¿quién es ese? ¿Un chico de la escuela? ¿Va a fútbol con vos? Oh, no…nada de eso. ¿No era ese el nombre del…del chico ese de la Internet que tenía información sobre ese aparato que se encuentra escondido debajo de tu cama? ¡Sí, él mismo era! Vos y Germán habían estado a punto de ir a su casa pero habían decidido que no era muy prudente confiar en algo así. ¿Qué hacía ese chico ahora en la puerta de tu habitación? No tenés intención de que piensen que estas dormido o que no lo querés recibir, por lo que abrís la puerta, saludas al chico como si fuese tu amigo para que tu mama no sospeche, juego qué el también desempeña con la misma intención, y cuando la puerta se cierra tras ella, los dos intercambian una mirada que indica que el momento de la farsa había terminado.


— ¿Qué haces acá? —Te atajas.

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