8 feb. 2013

PÁGINA 25

(Viene de la página 33)

En un arrebato de adrenalina te decides por usar a tu rehén en tu favor y apoyándote en el mostrador le asestas una patada que lo lanza contra sus compañeros haciendo que estos inmediatamente bajen la guardia para ayudar a ponerse de pie a los que con el golpe fueron derribados. En ese preciso instante, Germán te mira esperando tu señal y antes de que pase siquiera un segundo le gritas:

— ¡Ahora! —y sin más preámbulos, vos y tu amigo abren fuego contra los extraterrestres y antes de puedan contraatacar, ustedes dos se separan y comienzan a esquivar los disparos mientras con gran efectividad logran atinarle a todos sus enemigos. Uno por uno, haciendo que los láseres emitidos por sus armas abran grandes agujeros en los viscosos cuerpos en los que impactan, terminan todos tirados en el suelo, despidiendo un líquido verde fosforescente de sus entrañas.

— ¡Deja uno vivo! —le pides a tu compañero, y tras recorrer la nave rodeando a la cilíndrica estructura en el centro y reunirse de nuevo, él toma a uno desarmado, el último sobreviviente, y lo acorrala contra uno de los mostradores computarizados.

— ¡Queremos nuestro aparato, y si no querés terminar como todos ellos más te vale que nos digas dónde está! —le gritó Germán. La criatura a la cuál apuntaba su arma te causó algo de lástima. No te hubieras creído capaz de haber matado a todas esas criaturas, ni capaz de matar a ese último espécimen también si no les decía donde estaba el artefacto, pero entonces recuerdas que fue en su propia defensa porque los pensaban atacar, por lo que tu sentimiento de culpa no permaneció mucho más. El alienígena, aparentemente entendiendo sus palabras, les señaló la estructura cilíndrica en el medio de la nave y ustedes van corriendo hacia allí, dejándolo solo. Al dispararle a la pequeña computadora que pedía una contraseña, la puerta de la estructura se abrió, y reposando en el centro de ésta, allí estaba el artefacto foráneo, conectado a la nave mediante cables que hacían que emitiera luces y dígitos al azar en el visor encima de sus botones.

—Tenemos que sacarlo—le dices a tu amigo.

— ¿Y si pasa algo? ¿Qué pasa si le da energía a la nave o si al desenchufar los cables lo terminamos rompiendo? —te contesta, dejándote pensando. De pronto, antes de que pudieran decidir qué hacer, el alien que habían dejado con vida se las había arreglado para hacerse con un arma y ahora les había comenzado a disparar. Ustedes de inmediato intentan salir de la trayectoria de sus ataques, pero Germán vuelve rápido y comienza a desconectar el artefacto de la base, y mientras lo hace, su enemigo aprovecha y le dispara en su hombro derecho, haciendo que grite de dolor.


— ¡NO! —gritas tú enojado, y descargas las pocas municiones que te quedan en el último extraterrestre. En seguida socorres a tu amigo y le quitas el aparato de sus manos para que no tenga que hacer fuerza y lo observas. Se ve pálido y lo sientes muy débil. Quién sabe qué disparaban esas armas nocivas, fuera de todo lo conocido. ¿Sería posible que estuvieses en graves problemas otra vez? ¿Qué pasaría si esos láseres eran, de algún modo, infecciosos, venenosos?

Continúa en la página 94

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