11 abr. 2015

PÁGINA 152


De alguna manera sentís que debes ser vos quien vaya, aunque no sea la idea más segura de las que se te han ocurrido. Hay cierto riesgo en la misión, pero habría peligro si te quedaras, y lo habrá hasta que terminen con todo eso de una buena vez. Le informas de tu decisión a los demás, y como ninguno tiene intenciones de alargar demasiado el asunto, vos y Héctor ven a Germán y Facundo marcharse hacia algún mejor escondite. Te quedas pensando si esa sería la última vez que vieras a tus amigos, pero te decís a vos mismo que dependerá de ustedes que el plan funcione. Pasa un tiempo hasta que un grupito de humanos controlados por Kózkoros se acerque, pero cuando lo hacen, infiltrarse con ellos resulta pan comido. Sabes que de ahora en más tendrás que mantener una postura rígida, con la mirada hacia el frente; por lo que te dedicás solo a caminar. 

Una vez dentro, observas periféricamente como otros hombres son estudiados, conservados en líquidos color ámbar, o forzados a hacer tareas al antojo de los alienígenas. Tras caminar por un tramo, el que los conduce lo hace hacia un pasillo alejado de la multitudinaria recepción del edificio viviente, por lo que no podes ver mucho más. Hace mucho calor allí dentro, y huele muy desagradable. Cuando escapan de la visión de los Kózkoros, desviás un poco los ojos para encontrarte con los de Héctor. Ambos estaban pensando en lo mismo: ese era el momento adecuado para desacoplarse del grupo. Basta con una señal cómplice para que, abrigados por la siniestra penumbra del corredor por el cual caminaban, ustedes comiencen a caminar más lentamente, muy disimulados, hasta que son capaces de alejarse lo suficiente y poder ocultarse en una cámara más fría y con aire más respirable. Allí tu compañero se pone a hablar entre susurros:


—Te hice señas porque estamos cerca. Si recuerdo bien, tiene que haber una escalera por acá que da directo a la sala de cómputos. Seguime, pero tené cuidado—te advierte, y vos lo obedeces. Alumbrados tan solo por una especie de tragaluz en el techo, ustedes se hacen camino por la extraña y algo vibrante habitación, hasta que por fin dan con la habitación de la cual Héctor recién hablaba. Afortunadamente, se encuentran solos allí, por lo que eso resulta un problema menos. Se trata de un espacio redondo, como compacto, dónde dispuestas en un orden aleatorio que te resulta difícil de entender, varias máquinas sumamente foráneas e irracionales se encuentran en funcionamiento. 

Allí vuelve a hacer calor, pero la emoción del momento les hace olvidarse de la temperatura. Héctor se pone manos a la obra, y vos te quedas vigilando. Habías metido tu cuchilla en tu pantalón, bien disimulada, y crees hacer bien en tenerla empuñada ahora. Estás tan nervioso que no podés quedarte quieto, por lo que deambulas por la entrada, mitad mirando a tu compañero trabajar entre reniegos y mitad alerta a lo que pudiera llegar a venir de afuera. Tras una cantidad de tiempo de la que no tenés noción, Héctor consigue hacerse con un bulbo en el que supones está la información que necesitan, pero al volverte hacia la salida te das cuenta de que ya no va a servir de nada. 

Un Kózkoro gigante, de más de dos metros de altura y aspecto más feroz que sus hermanos menores, está mirándolos con odio a pocos metros suyos. De sus mandíbulas profiere un alarido de guerra que salpica saliva verde por todos lados, y sin más que hacer se lanza hacia ustedes. Percibís su viscoso pero fuerte cuerpo abalanzándose encima de ti, tirándote al suelo. Oles su aliento en tu cara, y luego un golpe mortal en tu cabeza. 

Una mordida y es el FIN.

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