11 abr. 2015

PÁGINA 139


Una repentina adrenalina te empuja a hacer algo de lo que casi no tienes noción, algo de lo que instantáneamente te arrepientes, pero una acción digna de un superviviente dispuesto a todo. Cuando aquella mujer se dispone a caminar y alardear cerca de tu lugar, le asestas un puntapié que la arroja hacia el suelo, y antes de que pueda hacer algo para evitarlo, la golpeas en la nuca con ambas manos, dejándola inmóvil e inconsciente. Cuando miras a Germán, notás que él no puede creer lo que hiciste y vos tampoco lo entendés. Pero había que hacerlo, era necesario, y lograste tu cometido: están libres, con la información que necesitan, el aparato en sus manos, y hay otra salida del otro lado de la habitación que pueden usar. No hay tiempo para lamentarse por nada, es tiempo de correr. Para su infortunio, los zapatos hacen demasiado ruido en el cuarto silencioso, por lo que deciden sacárselos y caminar descalzos. Encima de un estante encuentran una navaja que no dudan en agarrar, por si acaso. Bastan segundos para que ahora se encuentren en un pasillo frío, mucho más iluminado, y otros más para encontrar otra salida hacia el exterior. Está helando. Pueden ver el bosque que habías recorrido con el Germán del futuro, y los coches que utilizarían para darles caza luego. Con un fugaz movimiento impulsado de nuevo por la adrenalina, clavas la navaja en neumáticos al azar mientras corren, y en eso escuchan un revuelo de voces, una sirena que se activa en algún lugar, y a soldados corriendo y haciendo retumbar el suelo con sus pasos pesados en la fría tierra empedrada.

— ¡¿A dónde vamos?! —Te pregunta Germán, asustado. Vos conocés la respuesta:

— ¡A la bodega, apúrate! ¡No puede estar lejos! —Decís, tanto intentando convencerlo a él como a vos mismo. En su camino, un despliegue de oficiales uniformados los ve pasar a la lejanía y comienzan a seguirlos y a disparar, resultando que uno de los balazos impacte en tu hombro en lugar que en el de tu amigo. No crees que te haya atravesado el brazo, pero aunque te haya rozado, te duele y comienza a sangrar de una forma insoportable de ver y sentir. A pesar de la horrible sensación y del suplicio por el que estás pasando, vos y tu amigo logran perderlos y llegar a la base subterránea que hacía las veces de depósito. El lugar es mucho más frío que dentro de su celda, y de alguna manera se siente también más húmedo, sin mencionar lo oscuro que estaba. Sus ojos tardan unos momentos en acostumbrarse a la luz, pero pronto se dan cuenta de que se encuentran en una especie de amplio sótano, con pasillos repletos de estanterías. Tu amigo no duda en actuar, y desnuda tu hombro para ponerte un pedazo de su remera como una venda bien apretada y que, a pesar de su carácter rudimentario, cumple bien con su función. Resulta obvio que aunque algunas cosas se hayan dado de manera distinta a como sus yo del futuro se las habían contado, otras tendrían que suceder igual. Ambos coinciden en que es tiempo de traer a sus yo del pasado para salvarse ustedes. Te apoyas en Germán para ir hasta el armario de escobas diminuto al fondo de la habitación, y allí arman una mesa improvisada con cajas de madera. Colocan el libro sobre la mesa, y mientras vos te ponés a hojearlo, consciente de qué es exactamente lo que tenés que buscar, él digita las coordenadas en el Artefacto Foráneo y tras una breve despedida, desaparece dejándote solo. Todo dependerá de vos…


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