11 abr. 2015

PÁGINA 119


Con inmensa culpa y un terror que te obstruye la garganta, observas que tus padres también están esposados unos metros más allá, escoltados por más policías. Los amordazaron, y solo se dedican a mirarte asustados, no comprendiendo nada. ¿Será tu culpa todo esto? ¿Podrías haber evitado ese desastre? No estás seguro, pero antes de que puedas preguntar algo te amordazan también, y te conducen a vos y a tus padres hasta que los meten en un camión de carga. Lo último que ves a plena luz es que cierran el portón.

Tu madre empieza a llorar ni bien los meten allí dentro. Tu padre trata de consolarla, dejándola que apoye su cabeza en su hombro, pero ninguno de los tres puede decir nada. Vos te sentís horriblemente mal, porque tu familia no tiene la seguridad que tenés vos de que va a salir todo bien. ¿Pero podrías estar completamente seguro de eso? Después de que aparentemente encontraran el Artefacto Foráneo oculto en tu pieza, los militares arrancan el coche y emprenden su camino. Por lo que ustedes logran escuchar, ya que es lo único que pueden hacer, están siendo escoltados por coches de policías, más camiones y hasta un helicóptero en las lejanías. No hay nada que puedan hacer salvo esperar. Están totalmente inmovilizados, ven muy poco, y no hay nada a su alrededor que les sirva para liberarse de alguna manera. Lo único que lográs hacer es acercarte a tu papá…y apoyar también tu cabeza en su hombro. Recordás que el lugar a dónde los van a llevar es frío, casi helado, así que te imaginás que se están dirigiendo más y más hacia el sur. Seguro que el pobre de Germán y su familia están en alguno de los otros camiones, todos con el destino fijo hacia el mismo lugar. ¿Cuánto tardarán en llegar?

Pasan horas allí adentro, pero no podés saber a ciencia cierta hace cuánto están viajando. Imaginas a las autoridades abriéndoles paso, dándoles prioridad, dejándoles manejar a quien sabe cuántos kilómetros por hora. Se hizo de día ya, y hasta crees que podrían ser las primeras horas de la tarde cuando un oficial armado abre el portón. Les ponen bolsas oscuras en la cabeza, y los hacen caminar a los tres hacia, según imaginas, algún búnker subterráneo. En efecto, en un determinado momento les avisan que tendrán que bajar por unas escaleras, y además de eso, tras recorrer lo que parecen pasillos y amplias salas, los hacen bajar por un ascensor hasta donde probablemente estén las celdas. Cada vez el ambiente se pone más frío y más húmedo, y escuchas el ruido de las bisagras cuando abren una puerta al tiempo que el frío llega a su máximo. Les quitan las bolsas de las cabezas, las esposas y las mordazas, y observas como tus padres son separados de vos y te dejan solo en una pequeña prisión con un inodoro visto y una cama que tiene menos aspecto de cómoda que de otra cosa. Huele horrible, estás helado, y ahora también solo. La prisión frente tuyo está vacía, y mientras tus papás comienzan a gritar y a preguntar por qué ellos hacían eso al ritmo que los alejaban más y más, un oficial llega con Germán y también lo libera antes de meterlo en tu misma celda. “Teo” dice, y te abraza fuerte. Vos no podés evitar devolverle el apretón, pero pronto ambos se separan y se quedan con las caras frente a los barrotes congelados. Una sola mirada basta para darse cuenta que pensaban en lo mismo.

—Tenemos que salir de acá, pero tenemos que esperar que pase una noche—le decís, y él asiente.


PORTADA

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CONTRAPORTADA

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