7 mar. 2015

PÁGINA 91


— ¿A…a mi? ¿Por qué a mí? —Preguntas vos. Si sospechaban que vos estabas en la nave, sabes que ahora lo tienen confirmado. Te vieron, te persiguieron, te dispararon, y te están buscando en este preciso instante. ¿Qué terrible cosa querrían hacerte?

—Bueno, por lo que vos nos contaste y ellos habrán averiguado, fuiste vos quién hirió a los Kózkoros en aquella nave de la que los sacamos a los dos. Y vos…bueno, casi tiras su plan por la borda, por así decirlo. Hasta que descubrieron que el mensaje no había sido enviado, ellos pensaban que su plan ya había fracasado, y al menos como último acto querían, bueno…vengarse con vos. Pero ahora que saben que por el momento no están en peligro y nadie los está persiguiendo ni sabrán nada a menos que ellos lo eviten, nos quieren capturar a todos juntos y…

— ¿Destruirnos? —Decís con un hilo de voz. La sola idea de que todo eso les pudiera llegar a pasar a toda la tripulación incluidos vos y tu amigo y que todo sea por tu culpa te hacía tener náuseas.
—Bueno, por el momento creo que piensan que les podemos ser útiles para algo. No han disparado a matar. Yo puedo asegurarte que lo que quieren es atraparnos, inmovilizarnos, evitar que esto pase a mayores. Quieren tener la situación bajo control, pero nosotros tenemos un as en la manga—afirma el Capitán. De un bolsillo en su saco azul saca lo que te parece es un chip, como una pequeña tarjeta magnética, y justo cuándo estabas por preguntarle qué era eso, explica: —Tengo el mensaje de ayuda guardado aquí. Llegará hasta la sede de la Alianza Galáctica en un minuto luego de transmitida. Naves de rescates vendrán en seguida luego de eso, pero tenemos que llegar hasta la sala de control y enviarlo sin que nos capturen—dice, para agregar mirándolos— ¿Creen que podremos hacerlo? Vamos a necesitar que nos ayuden.

— ¿Nosotros? —Pregunta Germán, no entendiendo nada. Vos estás tan anonadado como él.

—Sí, chicos. Yo guiaré la marcha pero ustedes van a tener que guardarme la espalda. No podemos evitar que nos capturen, no antes de que enviemos el mensaje—informa, y en lo que lo hace va hasta un panel incrustado en la pared y tras poner una contraseña, el panel se abre y deja ver una colección de armas, pistolas y cañones, de las cuáles saca cuatro. Toman una él, una ella, y les ofrece una a vos y a tu amigo. Germán te mira temeroso antes de tomar la suya, y vos lo imitas.

—No están calibradas para matar, chicos. Nunca les pediríamos eso. Si impactan contra los Kózkoros los infectarán con una toxina que los paraliza e imposibilita casi al instante. Los efectos son mejores si les atinan en el pecho o la cabeza, pero de todas maneras resultarán—les explica la enfermera en un tono mucho más amable y comprensivo, casi maternal. ¿Pelear contra los Kózkoros? ¿Enfrentarse verdaderamente a ellos, en igualdad de condiciones, ambos bandos armados? ¿Es una broma todo esto? El Capitán espía por una finísima abertura en la puerta y dice:

—Prepárense, chicos. Ni bien vean a uno de ellos disparen a discreción y manténganse detrás de mí. Cuídense entre ustedes y no se separen. Vamos, a la cuenta de tres. ¡Uno…dos…tres!


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