16 mar. 2015

PÁGINA 125

(Viene de la página 59)

Un grupo de humanos se acerca a su escondite de pronto, aunque no son capaces de verlos a los tres. Están bajo el control y dirección de dos Kózkoros, pero éstos les prestan muy poca atención. Es evidente que hace mucho tiempo que no sucede nada que los haga querer tomar medidas muy drásticas, puesto que los encargados de todas esas personas ni se enterarían si uno fuera secuestrado de repente y sacado de su hipnosis, o al menos eso es lo que ustedes quieren pensar. Esperan a que los Kózkoros se adelanten unos metros, y cuando todo parece despejado y ustedes se aseguran de que el plan puede llegar a funcionar, corren silenciosamente tras ese grupo de gente y toman al más rezagado de todos, un pobre anciano de tez oscura con la mirada tan vacía como todos los demás. Él no ofrece resistencia, y para ser francos pesa muy poco para ustedes tres, por lo que es pan comido llevarlo hasta la fábrica abandonada en la que se habían ocultado recién. Temen que haya podido salir algo mal, pero todo transcurre con la mayor de las discreciones. Dentro del gran edificio hay solo mugre y vidrios rotos, y tras mucha búsqueda, logran meterse lo suficientemente dentro como para hallar un cuarto donde puede encenderse una única luz.
— ¿Y ahora qué? —pregunta Germán, mirándolos a ustedes y luego al hombre claramente ido.

En respuesta a su pregunta, Facundo prueba varias estrategias para sacar al señor de su trance, si es que eso es posible. Primero le hablan despacio, al oído, mirándolo fijo; luego le gritan, lo sacuden, aplauden frente a su cara, chasquean sus dedos. Todas esas prácticas te parecen poco ortodoxas comparadas con el poder que podría llegar a tener la hipnosis kózkora, pero tras unos largos veinte minutos, la inmutabilidad del hombre comienza a flaquear, y parpadea por primera vez desde que lo tienen bajo su vigilancia. Ustedes se quedan muy sorprendidos cuando él respira profundamente, y comienza lentamente a recobrar conciencia.

— ¿Señor? ¿Puede escucharnos? —inquiere Facundo. Él lo mira, y queda en evidencia que sí.
— ¿Quiénes…quienes son? —responde con dificultad, curioseando el lugar donde se encontraba con ojos desorbitados. —Por Dios…ha pasado tanto tiempo—continúa para sí. Una breve mirada cómplice te da permiso a vos para explicarle al hombre su situación.
—Señor, hemos viajado en el tiempo. Venimos de un…un tiempo alterno, en dónde para estas fechas nadie sabe nada de los Kózkoros, más que unas pocas personas intentando encubrir sus intentos de ataque o comunicación o lo que sea que intentaran hacer con estos aparatos. Pero creo que cambiamos algo cuando fuimos al momento del primer contacto y evitamos que la familia Rosier quedara involucrada con los Artefactos Foráneos. Nuestro tiempo no era así. Nadie era controlado, los Kózkoros no dominaban la Tierra, y nada se veía tan destruido ni arruinado como ahora. ¿Podría decirnos qué sucedió?

—La familia Rosier…—murmura. —Las misiones de espionaje, el fallo, las ofensivas, los juegos. Ahora lo recuerdo todo—sentencia, y se sostiene la cabeza y su rostro para empezar a sollozar.

Continúa en la página 157 

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