11 dic. 2013

PÁGINA 52


…Y con un fogonazo de luz blanca repentina, desaparecen y aparecen al lado tuyo, haciendo que todos se sobresalten y dirijan de pronto sus armas contra ustedes tres juntos. Hay miradas de terror en algunos policías, mientras otros no terminan de entender lo que acaba de suceder. Los dedos de Germán se vuelven un fugaz torbellino mientras acciona una nueva función, y si bien vos sabes que no va a tardar mucho, no podés evitar responder a sus despectivas órdenes.

— ¿Levantar las manos y quedarnos dónde estamos? ¿Para qué? —Decís, y les haces una cara que esperas que encuentren terrorífica, aunque estas aguantándote la risa. Otro fogonazo de luz blanca, y los tres desaparecen, reapareciendo en una habitación oscura con pisos de madera. Están en uno de los cuartos del piso de arriba de la casa, y esperando que no hayan visto el resplandor que producen al transportarse, se acercan a la ventana para espiarlos. Están en el lugar exacto por que el que desaparecieron, mientras el científico y otros dos policías examinan el meteorito. A tu lado, Facundo y Germán te felicitan.

— ¡Fue fantástico, Teo! ¡Si no se te ocurría eso no sé que hubiéramos hecho! —termina el último.

—Sí, si…pero ahora tenemos que tomarnos un momento para pensar en cómo rescatar a la familia y sacar del medio a esos policías. Ojala el aparato tuviera una función para borrar las memorias de los que queramos—decís, mirando esperanzado a Facundo, esperando que te diga que si se puede y te explique cómo hacerlo. Él se queda callado, pero es Germán al que se le ocurre la idea.

—Bueno, es obvio. Viajamos en el tiempo un rato antes y los transportamos a un lugar seguro.

— ¿Los tomamos por la fuerza y los transportamos al otro lado del globo? No me parece muy buena idea—le afirmas a tu amigo. El te mira de mala manera y vuelve a espiar a los policías.

— ¿Qué se te ocurre, entonces? —Inquiere finalmente, ofendido. — ¿Irnos a casa así nomás?

— ¡Ya sé! No necesitamos que ni siquiera nos vean para sacarlos de aquí, tengo una idea—dijo Facundo, y buscó en la habitación una hoja y algo para escribir. No dijo nada mientras la pluma a fuente se deslizaba por el papel, y tampoco dejó que se pusieran tras él para ver el mensaje, pero lo leyó en cuanto hubo terminado: “Estimado señor Rosier. Nos complace informarle mediante la presente que debido a su excelente trabajo en la fábrica y sus años de aporte, hemos decidido darle un aumento y elevarle el rango a sub-director de la sucursal. Esta noche, en la mansión Waverly, se celebrará una cena conmemorando este y otros ascensos, y está usted y toda su familia cordialmente invitados a acompañarnos a festejar esta gran noticia y el comienzo de lo que esperamos sea una era de prosperidad y avance en la compañía a nivel local y nacional. Confiamos contar con su presencia para charlar el asunto, firmar el contrato, y desde luego, pasar una excelente velada. La cita es hoy a las siete en punto en la residencia de Alfred Waverly, el director, y esperamos que asistan. Con mis mejores deseos, Jhon Crookwood, secretario del director de WAVERLY’S”.


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