18 dic. 2014

PÁGINA 74


—No quieren que se sepa nada acerca de los aparatos, no quieren que los involucrados tengan la posibilidad de decirles a nadie sobre esto, quieren todo el asunto bien tapado, secreto y confidencial. ¿Por qué piensan que la familia Rosier, que encontró un aparato por primera vez en Estados Unidos, desapareció de un momento a otro y ya no apareció ni su nombre en el directorio telefónico? Su casa fue demolida, dejada como si no hubiese habido nada nunca allí, los documentos, partidas de nacimiento, fotografías, todo…esa gente ya no existe para ellos. Pero lo peor de todo, es que puede que aún sigan vivos en algún lugar, quién sabe enfrentándose a qué torturas, o a que encierros, que injusticias. Eso mismo pretenden hacer con ustedes tres—les dice Montacna, señalándolos uno a uno con el dedo, de forma que parece que se te grabaran en la mente sus palabras—Con sus familias, con sus vidas…si los encuentran pueden darse por perdidos.

— ¿Y entonces, qué? ¿No tenemos opción? ¿Es entregarnos voluntariamente u ocultarnos hasta que nos encuentren? ¡Tiene que haber otra salida, no podemos dejar que ellos nos ganen!

—Bueno, por eso dije que pueden darse por vencidos solo si los encuentran. Con los poderes que tienen estos artefactos…—le responde el dueño de casa a Germán, señalando los dos aparatos sobre la mesa, que tienen el aspecto de estar cargando batería o actualizando datos entre ellos y el televisor—…tranquilamente podrían estar toda la vida a salvo de ellos, pero con un alto precio. Tendrían que ser como nómades, transportándose de aquí allá, hasta quizá de tiempo en tiempo, planeta en planeta, con tal de no ser encontrados…

— ¿Y no poder estar jamás tranquilos, tener que llevar a nuestras familias a todos lados, huyendo de un enemigo que no quiere vernos vivir? ¿Qué clase de vida es esa, señor? ¿Realmente piensa usted que esa es una opción a considerar? Prefiero luchar en la guerra y enfrentarme a poder perder pero con la posibilidad aún de ganar, que vivir el resto de mi vida como una rata, huyendo de mi propia sombra—le responde, en un arrebato de suma valentía.

— ¡No lo entendés Germán!—le grita. — ¡Es imposible vencerlos! La mejor solución es huir, pero huir al lugar indicado. Podrían aventurarse en un viaje para conseguir aliados, para intentar destruir a la corporación desde dentro, pero…

— ¿Huir a dónde, a otro planeta? ¡¿Qué locuras son esas?! ¡Apenas puedo creer que nos hayamos transportado hasta acá, no me pida que crea que puedo armar un ejército de extraterrestres!

—Bueno, no. Pero conozco gente también enemistada con los federales, incluyéndome a mí. Si ellos no quieren que se sepa lo de los artefactos, la existencia de extraterrestres, haciendo pública la noticia les estaríamos declarando la guerra, con las consecuencias que eso amerita, pero ganaríamos el apoyo de la gente, tendríamos una oportunidad…

— ¡Usted está loco, señor! ¡Ayer mi vida era normal, ¿y ahora pretende que me una a alianza rebelde en contra de una división secreta de los gobiernos de las potencias mundiales?!


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