27 feb. 2013

PÁGINA 97


(Viene de la página 26)

Vos, Germán y Facundo se ocultan mejor detrás de un arbusto en las cercanías de la casa y esperan a que lleguen los oficiales, quienes no se tardan demasiado. Inmóviles, ustedes se comienzan a preocupar. Evidentemente ellos ya sabían de antemano que un meteorito iba a caer allí, puesto que de los coches comienzan a salir científicos de guardapolvo y astrónomos que colocan inmediatamente telescopios en el medio del pavimento y cortan la ruta con señalamientos. Se habían detenido lo suficientemente lejos como para que los habitantes de la casa no sospecharan nada, pero aún así, ustedes sí los habían visto y sabían lo que tramaban y lo que iban a hacer con la inocente familia que descubriría en breve “El Artefacto Foráneo”. Aún sin saber qué hacer, los tres se los quedan mirando un momento y pueden escuchar a un oficial decir:

— ¿Está seguro que aquí será, Doc? Yo no veo nada—comenta, mirando a las numerosas estrellas
—Completamente, señor, y ya debería verse en el cielo. Si mis cálculos no fallan, faltan exactamente quince minutos para que el objeto toque tierra, y estoy convencido de lo que le dije: no se trata de un meteorito común y corriente, ni de algo casual y normal que ocurre cada tanto. Todo me indica que éste artefacto ha sido enviado…intencionalmente.
—No comience de nuevo con esas patrañas, Doctor, los dos sabemos que no hay nada allí afuera que quiera atacarnos. Y si fuera así, ¿por qué habrían de hacerlo?
—No lo sé, señor, no le puedo decir que no me extraña, pero aún así…todo apunta a ello y minuto que pasa, más me convenzo. Ya veremos cuando aterrice qué es lo que sucederá, pero por lo pronto, no me arriesgaría a apostar que será algo corriente…
Germán entonces los hace voltear a vos y a Facundo, tan atentos a su espionaje, y los pone de frente a él, permitiéndote ver lo asustado que está. Hay oficiales armados ya preparando sus armas allí, a escasos metros, por lo que crees que no hay otra forma en la que él podría estar.

— ¿Qué vamos a hacer, chicos? ¡Yo pensé que cuando ellos llegaran nosotros ya íbamos a estar a salvo en nuestras casas! —reprocha entre susurros.
—Nosotros también, Germán, ¿pero qué querés que hagamos? Ahora vamos a tener que pensar en un plan B, y más nos vale que sea rápido—le contestas
—Yo tengo una idea, pero va a ser más arriesgada de lo que me gustaría—dice Facundo. Él vigila una vez más que no haya moros en la costa y les ordena que lo sigan. Guiándolos fuera de los arbustos y de vuelta hacia la casa, sin que nadie los vea, los tres trepan la cerca y se meten en el patio, ocultos en la oscuridad de la cada vez más madura noche.
— ¿Qué hacemos, Facu? ¿A dónde nos llevas? —preguntas tú, a lo que él contesta:
—Adentro, ¿a dónde más? —y se voltea para seguir su camino como si no hubiese dicho nada raro

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