14 ene. 2013

PÁGINA 75


—Lo habrá luego, pero ahora debemos apresurarnos, síganme—los reta, para guiarlos a través de un pasillo repleto de estanterías, haciéndolos pensar que en verdad están en una bodega o algo por el estilo. Muchos ruidos se escuchan en el exterior: sirenas, gente corriendo, hasta disparos lejanos, gritos y tumultos. Sea lo que sea que haya pasado, sus versiones del futuro se han metido en graves, graves problemas.

Tras meterse más en el interior de la gigantesca bodega subterránea, terminan metiéndose en un diminuto armario de escobas, mucho más pequeño que la habitación donde habían estado hace unos momentos. Al entrar, te encuentras cara a cara con lo que primero crees un reflejo, pues él también estaba con su artefacto en mano y no lucía tan distinto como el Germán que se había aparecido ante ustedes allá en el pasado. Pero tras una segunda inspección, te das cuenta de que ese que tienes al frente no es nada más que tu propia versión del futuro, con mejor aspecto que su compañero pero aún así sucio, con golpes en la cara y el labio inferior partido.

— ¡Por fin! —exclama al verlos. Inmediatamente, ignorando tu sorpresa y tus miradas que lo recorren de arriba a abajo, te saca tu aparato de las manos y lo pone al lado del suyo, en una mesa improvisada con unas cajas de madera. Con la ayuda de un pequeño libro, comienza a presionar botones en uno y el otro de manera sincronizada, y conecta ambas máquinas con un corto cable que logra que las luces y comandos en las pantallas, activados por las recién usadas teclas, vayan también al unísono y hasta sean del mismo color o los mismos caracteres.

— ¿Qué tenemos que hacer nosotros? —pregunta tu compañero, luego de que su versión herida cerrase la puerta con llave tras él.

—Miren…mi amigo ya les habrá dicho que estamos en problemas, ¿no es así? —comienza—Bueno, pues si el plan funciona, nos libraremos de los federales por siempre y nos podremos quedar con el aparato también, pero tienen que hacer todo lo que les digamos…tienen que confiar en nosotros, o sea…en ustedes mismos… ¿lo harán?—continúa. Vos y tu amigo se miran, uno al lado del otro, enfrente a tu yo del futuro, con una versión futura de tu amigo detrás de ustedes, observándolos también. Los dos se quedan unos escasos segundos atónitos, mirándolos…

—Tengan en cuenta de que es por su propio bien y también que correrán peligro, pero…algún día estarán en los mismos problemas que nosotros y van a necesitar apoyo...y nadie podrá dárselos mejor que ustedes mismos…

—Bueno…viéndolo así, supongo que…haremos todo lo que nos digan—contestan finalmente.

—Genial. Bueno, necesito que vos te quedes conmigo…—le ordena tu propia versión del futuro a tu amigo—mientras, necesito que vos, Teo, vayas con el otro Germán afuera y hagas todo lo que él te diga—Vos te volteás para mirar al herido amigo de tu yo del futuro y asientes. Sabes que “salir afuera”, donde escuchaste disparos, gritos y gente corriendo, no es una opción favorable.


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