29 dic. 2012

PÁGINA 89


— ¿Sabes qué? —le dices a Germán, alejando tu vista de la ventana y volviéndolo a tener a él en frente. —Tienes razón…es una oportunidad que no podemos dejar pasar.

— ¡Así se habla! —Te responde él, dándote una palmada en la espalda, para luego, señalando a ello que los dos tienen en frente, allí en el escritorio, agregar: — ¡seremos héroes, y todo gracias a esta increíble máquina!

—Sí…ayudaremos a todos a quienes lo necesiten y le daremos lo que merecen a todos esos criminales que nadie logra atrapar. Defenderemos a los inocentes, frustraremos robos, salvaremos a gente de accidentes…—comentas, imaginándote usando el artefacto con tu compañero y consagrándose los dos como protectores omnipresentes, como aquellos que saben lo que ocurrirá y lo evitan antes de que ocurra. Comienzas a llenarte de emoción y hasta sientes más adrenalina y ganas de combatir al mal lo antes posible.

—Si tanto quieren ayudar a las personas…—dice de pronto una voz al otro lado del cuarto, totalmente opuesto de su posición, haciéndolos suspirar del miedo e instantáneamente mirar hacia esa dirección— ¿podrían comenzar ayudándome a mí? —Sin haberse percatado de su aparición, descubren a un chico de su misma estatura y probablemente su misma edad que yacía encorvado, sosteniéndose una herida en su hombro derecho que estaba mal vendada y sangraba un poco a través de aquella tela que cumplía la función de una gasa. No traía puesto ni remera ni zapatos, tan solo unos vaqueros, y una chaqueta marrón puesta encima de sus brazos. Estaba jadeando, como si estuviese cansado por haber hecho mucha actividad física y tenía ojeras pronunciadas. Lucía pésimo.

— ¡¿Qué caraj…?!—comienza tu amigo, pero tú de inmediato lo haces callar, recordándole que sus padres aún dormían y si todavía les sería difícil explicar lo del meteorito y el aparato ese, sería aún más complicado intentar explicar qué hacía un chico semidesnudo sangrando en su habitación.

—No se alarmen, chicos…no voy a hacerles daño…pero necesito que me ayuden…—les dice él entre jadeos, avanzando a pasos aletargados hasta la cama, en la cual se sienta lentamente con un silencioso gemido de dolor.

— ¡¿Quién demonios eres tú, ¿qué quieres?! —preguntas asustado, gritando entre susurros.

— ¿Cómo llegaste acá? —agrega tu amigo a tu lado, quien está tan nervioso como tú.

— ¿No me reconocen? —pregunta él, intentando hacer que lo vean de frente y con más detalle. Y a ti no sabes por qué no se te cruzó antes por la cabeza, por supuesto que sabes quién es…el parecido es evidente, es imposible que no te dieras cuenta pero a la vez no puedes creer lo que tus ojos ven. Esto no puede estar pasando.

—Soy yo, chicos...soy Germán, ¿no lo ven? Vengo del futuro…


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