10 mar. 2015

PÁGINA 98

(Viene de la página 143)

El chico que se deja ver en el umbral del cobertizo da lástima. Es pálido como un fantasma, delgado, ojeroso y de aspecto maniático, pero les sonríe con confianza. Ustedes no alcanzan a ver nada detrás de él, pero tras una mirada sospechosa al exterior buscando espías invisibles, los empuja dentro en solo un momento. “Sigan caminando, rápido” les dice, obligándote a dirigir la marcha a tientas. En un momento casi tropiezas con la escalera que parece querer dirigirlos hacia un sótano aún más en penumbra, pero encuentras la baranda para sostenerte y avanzas cauteloso. Si antes podían oír algún ocasional canto de un pájaro, brisa pasajera o voz de vecinos, ahora el silencio es total y les cae encima demasiado pronto. Las escaleras terminan pronto, y Ulises se les adelanta para encender una luz en el medio del sótano. El débil foquito alumbra una sala llena de computadoras, dispuestas una al lado de la otra, aparentemente apagadas por el momento. El lugar huele a humedad, es caluroso, y te provoca dolor de cabeza, pero él parece estar en su elemento. A tu lado, Germán mira todo algo asqueado, porque se ve que el tipo no es muy higiénico que digamos, y Facundo se muestra intrigado por lo que el hombre estaba por hacer, ya que sienta de inmediato en un muy cómodo pero muy viejo sillón frente a una computadora en el centro y se pone a escribir algo con el teclado.

—Siéntense, chicos. Esto podría llevar unos minutos—les dice en susurros, mientras enseguida la máquina frente a él y otras a su lado comienzan a mostrar imágenes de lo que parecen programas de televisión pasados rápidamente como en ‘zapping’.

—Gracias…—decís, poniéndote detrás de él pero no sentándote aún. Tus amigos se acercan también a su pantalla e intentan como vos averiguar lo que estaba haciendo, aunque te dejan a vos el turno de preguntar: — ¿Qué…qué hacés, Ulises? ¿Se…se puede saber?

—Bueno, ¿no es obvio? Estoy pinchándoles el satélite, miren—les contesta aún en voz baja, mientras más computadoras se van encendiendo e iluminando el sótano, llenándolo a su vez de sonidos de ventiladores y de los audios de los programas que se mostraban como interferidos. —Todas mis máquinas están conectadas, por lo que me dejan ver con más claridad qué es lo que está sucediendo y cómo está funcionando mi…pequeño virus—agrega. Mientras más códigos y más caracteres muestra su pantalla, más responden las demás computadoras por todo el cuarto. Ustedes se debaten en hacia dónde mirar, porque en todas se parece estar mostrando lo mismo y a la vez algo distinto. En un momento indicado él se pone de pie súbitamente, haciéndolos sobresaltar, y les dice “Síganme”. Los guía hacia el fondo de la habitación, haciéndose paso entre un montón de cables y enchufes, y los deja junto a una mesita pequeña con una cámara dispuesta  frente a un telón negro y un banquito de madera. Ustedes no tienen idea de para qué puede ser eso ni para qué Ulises los había llevado hasta allí, pero todo cobra sentido cuando él les dice:

—Bueno. Tendrán unos pocos minutos para transmitir la noticia. Saldrá en…em…gran parte del mundo, y calculo que podrá salir subtitulada en los países que no hablen español. ¿Están listos?

—Pará, ¿listos para qué? —dice Germán. — ¿Vamos a salir…en televisión global…en vivo, y ahora?


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