3 mar. 2015

PÁGINA 143

(Viene de la página 56)

Vos pensas que la mejor opción para ustedes es ir con ese tal Ulises que el señor Montacna les  mencionó, aquel hacker capaz de pinchar un satélite y ayudarlos a tomar represalias a nivel mundial. Sabes que optar por ello es ir por el todo o nada y que las consecuencias de esa decisión podrían ser catastróficas, pero a la vez sabes que es lo correcto y que en el lío en el que están metidos, ya nada podrá ser fácil de ahora en más. No al menos hasta que ustedes ganen esta batalla de la manera en la que eso tenga que ser. Solo esperas que la recompensa de todo el esfuerzo y el peligroso camino en el que están a punto embarcarse valgan toda la pena. Como aparte de saber qué tan complicado será todo a partir de ahora, sabes también que el tiempo no está de su parte, procuras convencer a tus dos amigos a que te acompañen, y cuando los tres están listos, el señor Montacna les da sus dos artefactos. Ustedes colocan las coordenadas que él les dicta y cuando se disponen a irse, él les dice “Buena suerte, muchachos”, y a ustedes solo les basta presionar un botón para marcharse. Una última mirada entre ustedes tres, una más al señor que ahora los saluda y asiente en un intento de brindarles confianza, y sin más preámbulos, desaparecen del umbral de la puerta en esa casa, alejada de todo, con un rumbo desconocido.

Cuando la luz emitida por los artefactos se desvanece y ustedes pueden entornar los ojos hacia el nuevo paisaje, al principio creen que de pronto se hizo de noche. Sin embargo, fijándose mejor en lo que los rodea, al instante se dan cuenta de eso no es así. Se encuentran en el patio de una casa, en el exterior, pero bajo una media-sombra cubierta de enredaderas que deja pasar muy poca luz del sol. Ahora que no están más acostumbrándose al repentino abandono del cegador resplandor emitido por los aparatos que llevan en las manos, no está tan oscuro como creían, pero sí resulta bastante sombrío. Detrás de ustedes se encuentran unas puertas grandes como de la entrada de un garaje, bajo sus pies están las marcas de un vehículo que no pueden ver, y frente a ustedes la entrada a una especie de cobertizo. A los lados hay paredes de ladrillo, por lo que evidentemente no hay otro lugar dónde ir salvo esa puerta de madera hacia la construcción al final de la casa que tampoco está por el momento visible. Los tres recorren los metros que les quedan hasta allí y golpean un par de veces, para luego aguardar.

—No creo que haya alguien ahí, parece abandonado—acota Germán luego de un minuto que les parece interminable, mientras miraba por la única ventana del cobertizo y se encontraba con que ésta estaba tan cubierta de polvo y adentro estaba tan oscuro que ver para dentro era como asomarse a un abismo.

—Por ahí no nos escuchó—responde Facundo, golpeando más fuerte incluso y gritando “¡Hola, ¿hay alguien ahí?! ¡Nos envió el señor Montacna!”, pero de nuevo no obtuvo ninguna respuesta, ni sonido, ni nada. ¿Sería ese el lugar correcto? Cuando estaban a punto de volverse e intentar salir por las puertas del garaje, finalmente desde el cobertizo habla una voz débil y pregunta:

— ¿Mateo, Germán y Facundo? ¿Son ustedes? ¿Cómo van a hablar así de alto a la luz del día? ¿No se dan cuenta de que alguien los podría haber escuchado?—dice, y les abre la puerta con sigilo.


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